En los últimos años hemos visto la evolución de las prácticas de sostenibilidad corporativa, con salvedades, por supuesto. El acrónimo ESG (ambiental, social y de gobernanza) ha asumido la agenda de inversores, consumidores y empleados corporativos, pero el momento parece retroceder con el retorno de la búsqueda de ganancias a cualquier precio. Con el regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, observamos a grandes corporaciones como el grupo Meta y la cadena de comida rápida McDonald's retirarse a sus prácticas sociales.
No se puede negar que el objetivo principal de una empresa es la generación de valor y que su perpetuidad está relacionada con el desempeño económico. De esta manera, la sigla ESG debe ser EESG, en la que lo económico es lo primero. Al fin y al cabo, sin efectivo ni rentabilidad, no hay forma de invertir en prácticas sociales y ambientales. El problema es que el único objetivo no puede ser garantizar ganancias a cualquier precio, porque la empresa acaba poniendo en riesgo su imagen y marca. Y, con el crecimiento de las redes sociales, alejarse de las ansiedades y demandas de la población es un gran problema y puede provocar la cancelación y boicot, aunque sea momentáneo, de la marca.
Hace unos 10 años, más concretamente, en agosto de 2015, concluyeron las negociaciones que culminaron con la adopción, en septiembre, de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), con motivo de la Cumbre de las Naciones Unidas para el Desarrollo Sostenible. En ese momento se alcanzó un acuerdo que contempla 17 Objetivos y 169 metas, involucrando temas diversificados de sostenibilidad que van desde temas como la erradicación de la pobreza y la reducción de las desigualdades hasta el crecimiento económico inclusivo. La agenda debe cumplirse para 2030.
Desde que se lanzaron los ODS, las grandes corporaciones se han sumado a la agenda y han mejorado sus procesos para alcanzar las metas. Cabe destacar, por ejemplo, las iniciativas en busca de diversidad, equidad e inclusión que han pasado a formar parte de las políticas de contratación de empresas de todos los tamaños. Esta política ha permitido a personas de diversos géneros, razas, con discapacidad u oportunidades neurodiversas en el mercado laboral, aunque el acceso a puestos superiores está restringido.
Por parte de las empresas, contratar personas con diferentes perfiles permite a la organización comprender las particularidades de sus consumidores, ampliando la red de servicios, las ventas y, en consecuencia, el beneficio. Una marca para todos genera más valor y más rentabilidad en el largo plazo.
Este hecho, sin embargo, empezó a ser cuestionado y a una ola de empresas e instituciones. Investigaciones recientes publicadas por el Conference Board, una entidad comercial estadounidense con más de mil miembros, muestran que la mitad de las empresas ya han ajustado su terminología para programas de diversidad y otras 20% consideran cambios similares.
McDonald's se encuentra entre las empresas que han abandonado sus compromisos con los llamados objetivos de diversidad, equidad e inclusión (DEI), perturbando las demandas de que los proveedores asuman tales prácticas.
Meta también se retractó de una serie de políticas en estas áreas e informó a los empleados que ya no se les exigirá entrevistar a candidatos de grupos subrepresentados para puestos vacantes o realizar negocios con proveedores diversificados. Walmart, Nissan Motors, Boing, Ford, Toyota y Harley Davidson ya han hecho lo mismo. Walmart anunció que ya no utilizará parámetros de raza y género para seleccionar contratos de suministro y reducir la capacitación sobre equidad racial. Otras empresas como Johnson & Johnson, Coca-Cola y Uber han retirado o suavizado, en sus informes corporativos, menciones de criterios de compensación por diversidad en sus políticas.
Aquí tomamos como ejemplo los programas DEI, pero el revés para los años 70 y 80, cuando la visión era buscar ganancias sin escrúpulos, es claro en varias áreas de la sostenibilidad, ya sea en el campo social o ambiental. Al principio, la opinión es que tales objetivos generan gastos y no ganancias. Una idea errónea clara a la hora de poner en juego la reputación. Rechazar la sostenibilidad es disparar al pie de la sociedad y de las propias empresas. Las ganancias a cualquier costo cuestan mucho.

