La conversación sobre inteligencia artificial ha crecido exponencialmente en los últimos dos años. Sin embargo, detrás del entusiasmo hay una realidad menos debatida. Un estudio interno que realizamos aporta datos de que aunque más de 70% de interacciones digitales con clientes ya implican algún nivel de automatización, menos de 15% generan un impacto directo en los ingresos, la eficiencia operativa o las decisiones comerciales relevantes. La razón es simple y estructural: automatizar no es lo mismo que decidir.
Durante años, la atención se ha centrado en acelerar las tareas, reducir la fricción y escalar las operaciones. Primero con reglas, luego con bots y luego con IA aplicada a procesos aislados. Esta evolución fue necesaria, pero expuso un límite claro. Las empresas ejecutan más rápido que nunca, pero continúan tomando decisiones críticas de forma tardía, fragmentada y dependiente de la interpretación humana bajo presión. La ejecución fue automatizada.
Al entrar en 2026, la pregunta ya no es si se debe utilizar la IA, sino dónde debe estar para mejorar la calidad de las decisiones. Los negocios reales operan en entornos impredecibles, con los clientes cambiando de opinión, mezclando sujetos, regresando días después y esperando continuidad. Las decisiones no dependen sólo de la pregunta formulada, sino de la historia, el momento, el canal y el objetivo de interacción. En este contexto, los sistemas moldeados, basados en flujos fijos y respuestas predefinidas, dejan de escalar. No por fallo técnico, sino porque fueron diseñados para un mundo donde responder correctamente era suficiente.
El verdadero salto en IA no provino de una sola innovación, sino de la convergencia de avances concretos: modelos más capaces, una mejor comprensión del contexto y la capacidad de mantener la memoria, los objetivos y los estados a lo largo del tiempo. La IA ha pasado de ser puramente reactiva a funcionar de forma más autónoma. Ya no se limita a responder preguntas aisladas. Puede interpretar conversaciones completas, reconocer patrones, conectar señales de múltiples fuentes y tomar decisiones basadas en intenciones, no solo palabras clave.
Aquí es donde surgen los Agentes de IA. Un Agente de IA no opera a partir de scripts, sino de objetivos. Entiende el contexto de la conversación, considera interacciones previas, mantiene un objetivo comercial claro y decide cuál es el siguiente paso más adecuado. Además, realiza acciones reales dentro de los sistemas de la empresa y aprende del resultado de cada interacción. La IA ya no es sólo una interfaz y se convierte en un sistema de decisión en producción.
Este cambio es relevante porque las decisiones más impactantes en los negocios no ocurren en comités o paneles. Ocurren diariamente, millones de veces, en la primera línea de la operación. Decidir qué decirle a un cliente específico, qué ofrecer en ese momento, cuándo insistir, cuándo esperar, cuándo subir. Son decisiones que parecen pequeñas en apariencia, pero de impacto gigante cuando se repiten a escala. Este tipo de decisión vive en conversaciones, señales débiles, cambios de tono, vacilaciones, desviaciones sutiles en el comportamiento y en contexto acumulado. No funciona con reglas fijas.
Es precisamente en este territorio donde los Agentes de IA dejan de ser una promesa y se vuelven inevitables. No ejecutan instrucciones. Ejercen criterios operativos. Un criterio que antes dependía exclusivamente de las personas, la experiencia individual y el juicio humano, y que ahora puede diseñarse, entrenarse, gobernarse y replicarse dentro de los sistemas.
En Yalo, este enfoque se ha construido a lo largo de más de una década, a partir del funcionamiento continuo de millones de conversaciones y decisiones comerciales en diferentes contextos, ventas, pagos, crédito, facturación, retención y servicio, distribuidos entre canales como WhatsApp, voz. llamadas, aplicaciones y web. Esta experiencia ha demostrado, en la práctica, que las decisiones a escala no se resuelven con scripts o automatizaciones rígidas, sino que deben ocurrir en el momento de la interacción, combinando contexto histórico, datos transaccionales, reglas de negocio y aprendizaje continuo. A partir de esto, los agentes conversacionales han llegado a ser tratados no sólo como interfaces, sino como unidades operativas de decisión dentro de los sistemas.
Mirando hacia 2026 no es hacer predicciones. Está nombrando un cambio que ya está en marcha. Organizaciones que entienden el Era Agentica diseñarán estructuras capaces de decidir mejor, más rápido y con coherencia. Aquellos que no entienden seguirán rodeados de automatización, realizando tareas a escala, pero apegados al mismo cuello de botella en la decisión: reglas fijas, falta de contexto y dependencia constante de la intervención humana. Esta transición requiere claridad, porque lo que está en juego es no añadir más IA, sino superar el modelo en el que funciona la tecnología, pero no decide. Automatizar fue el primer paso. Decidir, con agentes, será la ventaja competitiva.
*Por Andrés Stella, director de operaciones de Yalo.

